Cuentos populares rusos
Aleksandr Nikolaevich Afanasev
El Zarevich Cabrito
Eran un zar y una zarina que tenían un hijo y una hija. El hijo se llamaba
Ivanuchka y la hija Alenuchka.
Cuando el zar y la zarina murieron, los hijos, como no tenían ningún
pariente, se quedaron solos y decidieron irse a recorrer el mundo.
Se pusieron en camino y anduvieron hasta que el sol subió en el cielo a su
mayor altura y sus rayos les quemaban implacablemente, haciéndoles ahogarse de
calor sin ver a su alrededor vivienda alguna que les sirviera de refugio, ni árbol a la
sombra del cual pudieran acogerse.
En la extensa llanura percibieron un estanque, al lado del cual pastaba un
rebaño de vacas.
–Tengo sed –dijo Ivanuchka.
–No bebas, hermanito, porque si bebes te transformarás en un ternero –le
advirtió Alenuchka.
Ivanuchka obedeció y ambos siguieron su camino.
Anduvieron un buen rato y llegaron a un río, a la orilla del cual pacía una
manada de caballos.
–¡Oh, hermanita! ¡Si supieras qué sed tengo! –dijo otra vez Ivanuchka.
–No bebas, hermanito, porque te transformarás en un potro.
Ivanuchka obedeció y continuaron andando; después de andar mucho
tiempo vieron un lago, al lado del cual pacía un rebaño de ovejas.
–¡Oh, hermanita! ¡Quiero beber!
–No bebas, Ivanuchka, que te transformarás en un corderito.
Obedeció el niño otra vez; siguieron adelante y llegaron a un arroyo, junto al
cual los pastores vigilaban a una piara de cerdos.
–¡Oh, hermanita! ¡Ya no puedo más, tengo una sed abrasadora! –Exclamó
Ivanuchka.
–No bebas, hermanito, porque te transformarás en un lechoncito.
Otra vez obedeció Ivanuchka, y ambos siguieron adelante. Anduvieron,
anduvieron; el sol estaba todavía alto en el cielo y quemaba como antes; el sudor
les corría por todo el cuerpo y todavía no habían podido encontrar ninguna
vivienda. Al fin vieron un rebaño de cabras que pacía cerca de una laguna.
–¡Oh, hermanita! ¡Ahora sí que beberé!
–¡Por Dios, hermanito, no bebas, porque te transformarás en un cabrito!
Pero esta vez Ivanuchka no pudo soportar más la sed y, no haciendo caso
del aviso de su hermana, bebió agua de la laguna, y en seguida se transformó en un
Cabrito que daba saltos y brincos delante de su hermana y balaba:
–¡Beee! ¡Beee!, ¡Beee!
La desconsolada Alenuchka le ató al cuello un cordón de seda y se lo llevó
consigo llorando amargamente.
Un día, el Cabrito, que iba suelto y corría y saltaba alrededor de su hermana,
penetró en el jardín del palacio de un zar.
La servidumbre los vio y uno de los criados anunció al zar: –Majestad, en el
jardín de tu palacio hay una joven que lleva un cabrito atado con un cordón de
seda; es tan hermosa que no se puede describir su belleza.
El zar ordenó que se enterasen de quién era tal joven.
Los servidores le preguntaron quién era y de dónde venía, y ella les contó su
historia, diciéndoles: –Mi hermano era zarevich y yo zarevna. Al morir nuestros
padres y quedar huérfanos nos fuimos de casa para conocer el mundo, y el
zarevich, no pudiendo soportar la sed que tenía, bebió agua de una laguna
encantada y se transformó en un cabrito.
Los servidores refirieron al zar todo lo que habían oído y éste hizo llamar a
Alenuchka, para enterarse detalladamente de su vida.
El zar quedó tan encantado de Alenuchka que quiso casarse con ella, y al
poco tiempo celebraron la boda, y vivían felices y contentos. El Cabrito, que estaba
siempre con ellos, paseaba durante el día por el jardín, por la noche dormía en una
habitación de palacio y para comer se sentaba a la mesa con el zar y la zarina.
Llegó un día en que el zar se fue de caza, y mientras tanto, una hechicera,
por medio de sus artes de magia, hizo enfermar a la zarina, y la pobre Alenuchka
adelgazó y se puso pálida como la cera. En el palacio y en el jardín todo tomó un
aspecto triste; las flores se marchitaron, las hojas de los árboles se secaron y las
hierbas se agostaron.
El zar, al volver de caza y ver a su mujer tan cambiada, le preguntó: –¿Qué
te pasa? ¿Estás enferma?
–Sí; no estoy bien –contestó ella.
Al día siguiente el zar se fue otra vez de caza mientras que Alenuchka
guardaba cama. Vino a verla la hechicera y le dijo: –¿Quieres curarte? Pues ve a la
orilla del mar y bebe su agua al amanecer y al anochecer durante siete días.
La zarina hizo caso del consejo, y al llegar el crepúsculo se dirigió a la orilla
del mar, donde aguardaba ya la hechicera, la cual la cogió, le ató al cuello una
piedra y la echó al mar; Alenuchka se sumergió en seguida. El Cabrito, presintiendo
la desdicha, corrió hacia el mar, y al ver desaparecer a su hermana prorrumpió en
un llanto muy amargo.
Entretanto, la hechicera se vistió como la zarina, se presentó en palacio y
empezó a gobernar.
Llegó el zar de caza y, sin notar el engaño, se alegró mucho al ver que la
zarina había recobrado la salud. Sirvieron la cena y se pusieron a cenar.
–¿Dónde está el Cabrito? –Preguntó el zar.
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–Estamos mejor sin él –contestó la hechicera–; he ordenado que no lo dejen
entrar, porque me molesta su olor a cabrío.
Al día siguiente, apenas el zar se fue de caza, la hechicera se puso a pegar al
pobre Cabrito, y mientras lo apaleaba, le decía: –¡Aguarda, que en cuanto vuelva el
zar le pediré que te maten!
Apenas el zar regresó, la hechicera empezó a convencerlo a fuerza de
súplicas: –¡Da orden de que maten al Cabrito! Me ha fastidiado de tal modo, que
no quiero verlo más.
Al zar le dio lástima, pero no pudo defenderlo porque la zarina le suplicaba
con tanta tenacidad que no tuvo más remedio que consentir que lo matasen.
Pocas horas después, el Cabrito, viendo que ya estaban afilando los cuchillos
para cortarle la cabeza, corrió al zar y le rogó: –¡Señor! Permíteme ir a la orilla del
mar para beber allí agua y limpiar mis entrañas.
El zar le dio permiso y el Cabrito corrió a toda prisa hacia el mar.
Se paró en la orilla y exclamó con voz lastimera: –¡Alenuchka, hermanita
mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua
hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!
Alenuchka le contestó: –¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada
a mi cuello pesa demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena
amarilla se amontonó sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre
de mi corazón.
El pobre Cabrito se echó a llorar y se volvió a palacio.
A mediodía vino otra vez a pedir permiso al zar, diciéndole: –¡Señor!
Permíteme ir a la orilla del mar para beber agua y limpiar mis entrañas.
El zar volvió a darle permiso y el Cabrito corrió a todo correr hacia el mar,
se paró en la orilla y exclamó: –¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han
encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando
los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!
Alenuchka le contestó: –¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada
a mi cuello pesa demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena
amarilla se amontonó sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre
de mi corazón!
El pobre Cabrito se echó a llorar y volvió otra vez a palacio.
Entonces el zar pensó: ‘¿Por qué el Cabrito quiere ir siempre a la orilla del
mar?’
Y cuando vino por tercera vez a pedirle permiso diciéndole: ‘¡Señor! Déjeme
ir a la orilla del mar para beber agua y lavar mis entrañas’, lo dejó ir y se fue tras él.
Llegados a la orilla, oyó al Cabrito, que llamaba a su hermana.
–¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras,
las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para
matarme! ¡Pobre de mí!
Alenuchka le contestó:
–¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa
demasiado, las algas sedosas se enredaron a mis pies, la arena amarilla se amontonó
sobre mi pecho, la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!
Pero el Cabrito empezó a suplicar, llamándola con voz tiernísima, y entonces
Alenuchka, haciendo un gran esfuerzo, subió de las profundidades del mar y
apareció en la superficie. El zar la cogió, desató la piedra que tenía atada al cuello,
la sacó a la orilla y le preguntó lleno de asombro: –¿Cómo te ha sucedido tal
desgracia?
Ella le contó todo, el zar se alegró muchísimo y el Cabrito también,
manifestando su alegría con grandes saltos. Los árboles del jardín de palacio
reverdecieron, las plantas florecieron y todo alrededor de palacio se llenó de risa y
júbilo.
En cuanto a la hechicera, el zar dio orden de ejecutarla. En el centro del
patio encendieron una gran hoguera y en ella quemaron a la bruja.
Después de haber hecho justicia, el zar, su mujer y el Cabrito vivieron felices
y en paz, aumentando sus bienes y sin separarse nunca.
El Campesino, el Oso y la Zorra
Un día un campesino estaba labrando su campo, cuando se acercó a él un
Oso y le gritó: –¡Campesino, te voy a matar!
–¡No me mates! –Suplicó éste–. Yo sembraré los nabos y luego los
repartiremos entre los dos; yo me quedaré con las raíces y te daré a ti las hojas.
Consintió el Oso y se marchó al bosque.
Llegó el tiempo de la recolección. El campesino empezó a escarbar la tierra y
a sacar los nabos, y el Oso salió del bosque para recibir su parte.
–¡Hola, campesino! Ha llegado el tiempo de recoger la cosecha y cumplir tu
promesa –le dijo el Oso.
–Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte –le
contestó el campesino.
Y después de haber recogido todo, le llevó al bosque un carro cargado de
hojas de nabo. El Oso quedó muy satisfecho de lo que él creía un honrado reparto.
Un día el aldeano cargó su carro con los nabos y se dirigió a la ciudad para
venderlos; pero en el camino tropezó con el Oso, que le dijo: –¡Hola, campesino!
¿Adónde vas?
–Pues, amigo –le contestó el aldeano–, voy a la ciudad a vender las raíces de
los nabos.
–Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.
No hubo más remedio que darle un nabo para que lo probase. Apenas el
Oso acabó de comerlo, rugió furioso: –¡Ah, miserable! ¡Cómo me has engañado!
¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás
las raíces y tú te quedarás con las hojas.
–Bien –contestó el campesino, y en vez de sembrar nabos sembró trigo.
Llegó el tiempo de la recolección y tomó para sí las espigas, las desgranó, las
molió y de la harina amasó y coció ricos panes, mientras que al Oso le dio las raíces
del trigo.
Viendo el Oso que otra vez el campesino se había burlado de él, rugió:
–¡Campesino! ¡Estoy muy enfadado contigo! ¡No te atrevas a ir al bosque
por leña, porque te mataré en cuanto te vea!
El campesino volvió a su casa, y a pesar de que la leña le hacía mucha falta
no se atrevió a ir al bosque por ella; consumió la madera de los bancos y de todos
sus toneles; pero al fin no tuvo más remedio que ir al bosque.
Entró sigilosamente en él y salió a su encuentro una Zorra.
–¿Qué te pasa? –Le preguntó ésta–. ¿Por qué andas tan despacito?
–Tengo miedo de encontrar al Oso, que se ha enfadado conmigo,
amenazándome con matarme si me atrevo a entrar en el bosque.
–No te apures, yo te salvaré; pero dime lo que me darás en cambio. El
campesino hizo una reverencia a la Zorra y le dijo: –No seré avaro: si me ayudas, te
daré una docena de gallinas.
–Conforme. No temas al Oso; corta la leña que quieras y entre tanto yo daré
gritos fingiendo que han venido cazadores. Si el Oso te pregunta qué significa ese
ruido dile que corren los cazadores por el bosque persiguiendo a los lobos y a los
osos.
El campesino se puso a cortar leña y pronto llegó el Oso corriendo a todo
correr.
–¡Eh, viejo amigo! ¿Qué significan esos gritos? –Le preguntó el Oso.
–Son los cazadores que persiguen a los lobos y a los osos.
–¡Oh, amigo! ¡No me denuncies a ellos! Protégeme y escóndeme debajo de
tu carro –le suplicó el Oso, todo asustado.
Entretanto la Zorra, que gritaba escondiéndose detrás de los zarzales,
preguntó: –¡Hola, campesino! ¿Has visto por aquí a algún oso?
–No he visto nada –dijo el campesino.
–¿Qué es lo que tienes debajo del carro?
–Es un tronco de árbol.
–Si fuese un tronco no estaría debajo del carro, sino en él y atado con una
cuerda.
Entonces el Oso dijo en voz baja al campesino: –Ponme lo más pronto
posible en el carro y átame con una cuerda.
El campesino no se lo hizo repetir. Puso al Oso en el carro, lo ató con una
cuerda y empezó a darle golpes en la cabeza con el hacha hasta que lo mató.
Pronto acudió la Zorra y dijo al campesino: –¿Dónde está el Oso?
–Ya está muerto.
–Está bien. Ahora, amigo mío, tienes que cumplir lo que me prometiste.
–Con mucho gusto, amiguita; vamos a mi casa y allí te daré las gallinas.
El campesino se sentó en el carro y se dirigió a su casa, y la Zorra iba
corriendo delante.
Al acercarse a su cabaña, el campesino silbó a sus perros azuzándolos para
que cogiesen a la Zorra. Ésta echó a correr hacia el bosque, y una vez allí se
escondió en su cueva. Después de tomar aliento empezó a preguntar: –¡Hola, mis
ojos! ¿Qué habéis hecho mientras corría?
–¡Hemos mirado el camino para que no dieses un tropezón!
–¿Y vosotros, mis oídos?
–¡Hemos escuchado si los perros se iban acercando!
–¿Y vosotros, mis pies?
–¡Hemos corrido a todo correr para que no te alcanzaran los perros!
–Y tú, rabo, ¿qué has hecho?
–Yo –dijo el rabo– me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo,
te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.
–¡Ah, canalla! –Gritó la Zorra–. ¡Pues recibirás lo que mereces! –Y sacando
el rabo fuera de la cueva, exclamó–: ¡Comedlo, perros!
Éstos cogieron con sus dientes el rabo, tiraron, sacaron a la Zorra de su
cueva y la hicieron pedazos.
La Rana Zarevna
En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina que tenían tres hijos.
Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su valor y audacia eran
envidiados por todos los hombres del país. El menor se llamaba el zarevich Iván.
Un día les dijo el zar: –Queridos hijos: Tomad cada uno una flecha, tended
vuestros fuertes arcos y disparadla al acaso, y dondequiera que caiga, allí iréis a
escoger novia para casaros.
Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, frente
al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el segundo hermano y fue a
caer en el patio de un comerciante, clavándose en la puerta principal, donde a la
sazón se hallaba la hija, que era una joven hermosa. Soltó la flecha el hermano
menor y cayó en un pantano sucio al lado de una rana.
El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su padre: –¿Cómo podré, padre
mío, casarme con una rana? No creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.
–¡Cásate –le contestó el zar–, puesto que tal ha sido tu suerte!
Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el mayor, con la hija del
boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.
Algún tiempo después el zar les ordenó: –Que vuestras mujeres me hagan,
para la comida, un pan blanco y tierno.
Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado y pensativo.
–¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan triste? –Le preguntó la Rana–.
¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
–¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre te ha mandado hacerle,
para la comida, un pan blanco y tierno.
–¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana
se es más sabio que por la noche –le dijo la Rana.
Acostose el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó
la piel y se transformó en una hermosa joven llamada la Sabia Basilisa, salió al patio
y exclamó en alta voz: –¡Criadas! ¡Preparadme un pan blanco y tierno como el que
comía en casa de mi querido padre!
Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la Rana tenía ya el pan
hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía imaginarse nada igual. Por los
lados estaba adornado con dibujos que representaban las poblaciones del reino,
con sus palacios y sus iglesias.
El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó muy satisfecho y le dio
las gracias; pero enseguida ordenó a sus tres hijos: –Que vuestras mujeres me tejan
en una sola noche una alfombra cada una.
Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y se dejó caer con gran
desaliento en un sillón.
–¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan triste? –Le preguntó la Rana–.
¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
–¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor padre te ha ordenado
que tejas en una sola noche una alfombra de seda?
–¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es
más sabio que por la noche.
Acostose el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó
su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió al patio y exclamó: –¡Viento
impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de
mi querido padre!
Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía ya la alfombra tejida, y
era tan maravillosa que es imposible imaginar nada semejante.
Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.
Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las gracias a Iván; pero no
contento con esto ordenó a sus tres hijos que se presentasen con sus mujeres ante
él.
Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich; se dejó caer en un sillón y
apoyó en su mano su cabeza.
–¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste? ¿Acaso te ha dicho tu padre
algo desagradable o se ha enfadado contigo?
–¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre me ha ordenado que te
lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?
–No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al zar, que yo iré más tarde; en
cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra, diles a todos: ‘Es mi Rana, que viene
en su cajita.’
Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus mujeres
engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse de él, diciéndole: –¿Cómo es
que has venido sin tu mujer? –¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo
mojado?
–¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa?
–¿Tuviste que rondar por muchos pantanos? De repente retumbó un trueno
formidable, que hizo temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y
saltaron de sus asientos sin saber qué hacer; pero Iván les dijo: –No tengáis miedo:
es mi Rana, que viene en su cajita.
Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos, y de él se apeó la
Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante.
Acercose al zarevich Iván, se cogió a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que
estaba dispuesta para la comida. Todos los demás convidados se sentaron también
a la mesa; bebieron, comieron y se divirtieron mucho durante la comida.
Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el resto se lo echó en la
manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos los escondió en la manga
derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que sorprendieron estos manejos,
hicieron lo mismo.
Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió
su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en
el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el zar y sus convidados quedaron
asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron a bailar las otras dos nueras del
zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a
los convidados; sacudieron la derecha y con un hueso dieron al zar un golpe en un
ojo. El zar se enfadó y las expulsó de palacio.
Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento propicio, se fue
corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola, la quemó. Al volver
Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su desaparición quedó anonadada, se
entristeció y dijo al zarevich: –¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si
hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora,
¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar
andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no me
encontrarás.
Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la
ventana.
Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador, rezó, se puso unas botas
de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo largo tiempo y al fin encontró
a un viejecito que le preguntó: –¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?
El zarevich le contó su desdicha.
–¡Oh Iván Zarevich! –Exclamó el viejo–. ¿Por qué quemaste la piel de la
Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras tú quien tenía que quitársela!
El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su nacimiento le excedía en astucia y
sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a vivir transformada en rana durante tres
años. Aquí tienes una pelota –continuó–; tómala, tírala y síguela sin temor por
donde vaya.
Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la pelota, la tiró y se fue
siguiéndola.
Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la pelota a una cabaña que
estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba sobre ellas sin cesar. Iván
Zarevich dijo: –¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la
puerta hacia mí!
La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se encontró a la bruja Baba–
Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le colgaba hasta el pecho, ocupada en
afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván Zarevich gruñó y salió enfadada a su
encuentro: –¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió a ningún hombre, y he
aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor!
¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?
–¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías mejor en darme de comer y
de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto preguntarme por mis asuntos.
Baba–Yaga le dio de comer y de beber y le preparó el baño. Después de
haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia.
–¡Oh cuánto has tardado en venir! Los primeros años se acordaba mucho de
ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana, pues ella
está más enterada que yo de tu mujer.
Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de la pelota; anduvo,
anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre patas de gallina.
–¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con la espalda hacia el
bosque y con la puerta hacia mí! –Dijo el zarevich.
La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia el bosque y con la puerta
hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra hermana Baba–Yaga sentada
sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó: –¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por
aquí nunca se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a
presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has
venido a verme por tu voluntad o contra ella?
Iván Zarevich le contestó que más bien venía contra su voluntad.
–Voy –dijo– en busca de mi mujer, Basilisa la Sabia.
–¡Qué pena me das, Iván Zarevich! –Le dijo entonces Baba–Yaga–. ¿Por qué
has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y quiere
casarse con otro. Ahora vive en casa de mi hermana mayor, donde tienes que ir
muy deprisa si quieres llegar a tiempo.
Acuérdate del consejo que te doy: Cuando entres en la cabaña de Baba–
Yaga, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana empezará a hilar
unos finísimos hilos de oro que devanará sobre el huso; procura aprovechar algún
momento propicio para robar el huso y luego rómpelo por la mitad, tira la punta
detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, y entonces Basilisa la Sabia
aparecerá ante tus ojos.
Iván Zarevich dio a Baba–Yaga las gracias por tan preciosos consejos y se
dirigió otra vez tras la pelota.
No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero rompió tres pares
de botas de hierro en su largo camino y se comió tres panes de hierro.
Al fin llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres
patas de gallina.
–¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta
hacia mí!
La cabaña le obedeció y el zarevich penetró en ella y encontró a la Baba–
Yaga mayor sentada en un banco hilando, con el huso en la mano, hilos de oro;
cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván
Zarevich, aprovechando un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito,
sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta aguda la echó tras de sí y la otra
mitad hacia delante, y en el mismo momento apareció ante él su mujer, Basilisa la
Sabia.
–¡Hola, maridito mío! ¡Cuánto tiempo has tardado en venir! ¡Estaba ya
dispuesta a casarme con otro!
Se cogieron de las manos, se sentaron en una alfombra volante y volaron
hacia el reino de Iván.
Al cuarto día de viaje descendió la alfombra en el patio del palacio del zar.
Éste acogió a su hijo y nuera con gran júbilo, hizo celebrar grandes fiestas, y antes
de morir legó todo su reino a su querido hijo el zarevich Iván.
El gigante Verlioka
En tiempos remotos vivían en una cabaña un anciano con su mujer y dos
nietas huérfanas, y tan preciosas y dóciles, que sus abuelos estaban constantemente
alabándolas.
Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y
se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción,
pensando para sus adentros: ‘Durante todo el invierno próximo podré comer
pasteles con guisantes.’
Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y
empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su
nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó
en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros
malhechores, gritándoles: –¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No os comáis los guisantes de
mi abuelito!
De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el
gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un
garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza
cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y
sonreía con una sonrisa espantosa.
Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus
robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni
de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes.
Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.
El abuelo esperó un rato a la niña, y al ver que no volvía, envió a buscarla a
su nieta mayor; pero Verlioka la mató también.
El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:
–¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando
con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas
a casa.
La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y
se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a
Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante, y, llena de dolor y
de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con
mucha más facilidad.
En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus
oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer
y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si
durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en
el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan
destrozada que era imposible reconocerla.
El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose
durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un
cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de
Verlioka para matarlo.
Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba
nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle: –¡Así! ¡Así!
Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba.
–¿Cómo te va, abuelo?
–Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?
–Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu
mujer y de tus nietas.
–¿Y tú conoces a ese monstruo?
–¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en
que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la
costumbre de decir ¡Ay!, ¡Ay!, Y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le
gritaba sentada en el agua: ‘¡Ay!, ¡Ay!’ Entonces él, después de matar a aquel pobre
hombre, corrió a mí, gritándome: ‘¡Yo te enseñaré a defender a los demás!’ Y me
cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me
escapé, dejando mi cola entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es
una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se
lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito ‘¡Ay!, ¡Ay!’,
Si no que siempre apruebo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’; de lo que resulta que vivo más
tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: ‘Esta Oca no tendrá cola, pero es
muy lista.’
–Está bien –dijo el anciano–; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive
Verlioka?
–¡Así! ¡Así! –Contestó la Oca, saliendo del agua, y balanceándose sobre sus
torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.
Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que
les dijo:
–Buenos días, abuelito.
–Buenos días, Cuerdecita.
–¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
–Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi
vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!
–Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!
El anciano pensó: ‘¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.’
Y contestó: –Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino. La
Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. Anduvieron los tres un
buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo: –Buenos días,
abuelito.
–Buenos días, Pisón.
–¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
–Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja
mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!
–Llévame contigo y te ayudaré.
–Bueno, anda si conoces el camino –le dijo el anciano, pensando:
‘Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.’
El Pisón se levantó, se apoyó con el asa en el suelo y se puso a caminar a
saltos. Así anduvieron hasta que encontraron una Bellota, que les dijo: –Buenos
días, abuelito.
–Buenos días, Bellota.
–¿Adónde vas?
–Voy a matar a Verlioka; no sé si lo conocerás.
–Ya lo creo que lo conozco. Es necesario castigarlo; llévame contigo y te
ayudaré.
–Pero tú, ¿de qué me vas a servir?
–No me desprecies, abuelito. Acuérdate del proverbio que dice: No escupas
en el pozo, porque tendrás que beber su agua.
El anciano pensó: ‘No hay inconveniente en que venga con nosotros; cuanta
más gente haya, mejor será.’
Y luego, en alta voz, dijo: –Vente detrás.
Pero la Bellota se puso a saltar delante de todos.
Al fin llegaron a un espeso bosque y vieron una cabaña en cuyo interior no
había nadie. La lumbre del horno estaba apagada y sobre el hogar había un puchero
lleno de gachas de mijo.
La Bellota se metió de un salto en el puchero, la Cuerdecita se tendió en el
umbral de la puerta, el Pisón se subió encima de ésta, la Oca se sentó detrás de la
estufa y el anciano se escondió en un rincón al lado de la puerta.
Pronto llegó Verlioka, echó un haz de leña al suelo y se puso a encender la
lumbre del horno. Entonces la Bellota, desde dentro del puchero, empezó a cantar:
–¡Pi, pi, pi, han venido a matar a Verlioka!
–¡Calla, papilla de mijo, o te echaré en el cubo! –Exclamó Verlioka.
Pero la Bellota no le obedeció y siguió cantando su canción. Verlioka se
enfadó, cogió el puchero y de un golpe vertió las gachas en el cubo. Al choque, la
Bellota saltó y fue a dar en el único ojo de Verlioka, dejándole ciego. El gigante
quiso escapar y echó a correr; pero apenas llegó al umbral, la Cuerdecita se le
enredó a los pies y lo tiró al suelo. El Pisón saltó de la puerta, y el anciano se
precipitó sobre Verlioka desde el rincón donde estaba escondido y ambos se
pusieron a pegarle.
Mientras tanto, la Oca, sentada detrás de la estufa, aprobaba diciendo: ‘¡Así!,
¡Así!, ¡Así!’
Esta vez no le sirvió a Verlioka su fuerza, pues el anciano, con la ayuda de
sus buenos amigos, logró matarlo y librar a la gente de un monstruo espantoso.
El Gallito de Cresta de Oro
mendrugo de pan que llevarse a la boca.
Un día se fueron al bosque a recoger bellotas y traerlas a casa para tener con
que satisfacer su hambre.
Mientras comían, a la anciana se le cayó una bellota a la cueva de la cabaña;
la bellota germinó y poco tiempo después asomaba una ramita por entre las tablas
del suelo. La mujer lo notó y dijo a su marido: –Oye, es menester que quites una
tabla del piso para que la encina pueda seguir creciendo y, cuando sea grande,
tengamos bellotas en casa sin necesidad de ir a buscarlas al bosque.
El anciano hizo un agujero en las tablas del suelo y el árbol siguió creciendo
rápidamente hasta que llegó al techo. Entonces el viejo quitó el tejado y la encina
siguió creciendo, creciendo, hasta que llegó al mismísimo cielo.
Habiéndose acabado las bellotas que habían traído del bosque, el anciano
cogió un saco y empezó a subir por la encina; tanto subió, que al fin se encontró en
el cielo. Llevaba ya un rato paseándose por allí cuando percibió un gallito de cresta
de oro, al lado del cual se hallaban unas pequeñas muelas de molino.
Sin pararse a pensar más, el anciano cogió el gallo y las muelas y bajó por la
encina a su cabaña. Una vez allí, dijo a su mujer:
–¡Oye, mi vieja! ¿Qué podríamos comer?
–Espera –le contestó ésta–; voy a ver cómo trabajan estas muelas.
Las cogió y se puso a hacer como que molía, y en el acto empezaron a salir
flanes y pasteles en tal abundancia que no tenía tiempo de recogerlos. Los ancianos
se pusieron muy contentos, y cenaron suculentamente.
Un día pasaba por allí un noble y entró en la cabaña.
–Buenos viejos, ¿no podríais darme algo de comer?
–¿Qué quieres que te demos? ¿Quieres flanes y pasteles? –le dijo la anciana.
Y tomando las muelas se puso a moler, y en seguida salieron en montón
flanes y pastelillos.
El noble los comió y propuso a la mujer: –Véndeme, abuelita, las muelas.
–No –le contestó ésta–; eso no puede ser.
Entonces el noble, envidioso del bien ajeno, le robó las muelas y se marchó.
Apenas los ancianos notaron el robo se entristecieron mucho y empezaron a
lamentarse.
–Esperad –les dijo el Gallito de Cresta de Oro–; volaré tras él y lo alcanzaré.
Echó a volar, llegó al palacio del noble, se sentó encima de la puerta y cantó
desde allí:
–¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos
robaste!
En cuanto oyó el noble el canto del gallo ordenó a sus servidores:
–¡Muchachos! ¡Coged ese gallo y tiradlo al pozo!
Los criados cogieron al gallito y lo echaron al pozo; dentro de éste se le oyó
decir: –¡Pico, pico, bebe agua!
Y poco a poco se bebió toda el agua del pozo. Enseguida voló otra vez al
palacio del noble, se posó en el balcón y empezó a cantar: –¡Quiquiriquí! ¡Señor!
¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!
El noble, enfadado, ordenó al cocinero que metiese el gallo en el horno.
Cogieron al gallito y lo echaron al horno encendido; pero una vez allí, empezó a
decir: –¡Pico, pico, vierte agua!
Y con el agua que vertió apagó toda la lumbre del horno.
Otra vez echó a volar, entró en el palacio del noble y cantó por tercera vez:
–¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!
En aquel momento se encontraba el noble celebrando una fiesta con sus
amigos, y éstos, al oír lo que cantaba el gallo, se precipitaron asustados fuera de la
casa. El noble corrió tras ellos para tranquilizarlos y hacerlos volver, y el Gallito de
Cresta de Oro, aprovechando este momento en que quedó solo, cogió las muelas y
se fue volando con ellas a la cabaña del anciano matrimonio, que se puso
contentísimo y vivió en adelante muy feliz, sin que, gracias a las muelas, le faltase
nunca qué comer.
La invernada de los animales
Un toro que pasaba por un bosque se encontró con un cordero.
–¿Adónde vas, Cordero? –Le preguntó.
–Busco un refugio para resguardarme del frío en el invierno que se aproxima
–contestó el Cordero.
–Pues vamos juntos en su busca.
Continuaron andando los dos y se encontraron con un cerdo.
–¿Adónde vas, Cerdo? –Preguntó el Toro.
–Busco un refugio para el crudo invierno –contestó el Cerdo.
–Pues ven con nosotros.
Siguieron andando los tres y a poco se les acercó un ganso.
–¿Adónde vas, Ganso? –Le preguntó el Toro.
–Voy buscando un refugio para el invierno –contestó el Ganso.
–Pues síguenos.
Y el ganso continuó con ellos. Anduvieron un ratito y tropezaron con un
gallo.
–¿Adónde vas, Gallo? –Le preguntó el Toro.
–Busco un refugio para invernar –contestó el Gallo.
–Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos –repuso el Toro.
Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando entre sí.
–¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se sienten los primeros
fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?
Entonces el Toro les propuso:
–Mi parecer es que hay que construir una cabaña, porque si no, es seguro
que nos helaremos en la primera noche fría. Si trabajamos todos, pronto la
veremos hecha.
Pero el Cordero repuso:
–Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Mirad qué lana! Podré invernar sin
necesidad de cabaña.
El Cerdo dijo a su vez: –A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la
tierra y no necesitaré otro refugio.
El Ganso dijo: –Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un ala me
servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme; no
necesito, pues, trabajar en la cabaña.
El Gallo exclamó: –¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme
contra el frío?
Podré invernar muy bien al descubierto.
El Toro, viendo que no podía contar con la ayuda de sus compañeros y que
tendría que trabajar solo, les dijo: –Pues bien, como queráis; yo me haré una casita
bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengáis luego a
pedirme amparo.
Y poniendo en práctica su idea, construyó una cabaña y se estableció en ella.
Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el frío se hacía más intenso.
Entonces el Cordero fue a pedir albergue al Toro, diciéndole: –Déjame entrar,
amigo Toro, para calentarme un poquito.
–No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y puedes invernar al
descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré entrar.
–Pues si no me dejas entrar –contestó el Cordero– daré un topetazo con
toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás frío como yo.
El Toro reflexionó un rato y se dijo: ‘Le dejaré entrar, porque si no, será
peor para mí.’
Y dejó entrar al Cordero. Al poco rato el Cerdo, que estaba helado de frío,
vino a su vez a pedir albergue al Toro.
–Déjame entrar, amigo, tengo frío.
–No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese modo invernar sin tener
frío.
–Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el pie de los postes que
sostienen tu cabaña y se caerá. No hubo más remedio que dejar entrar al Cerdo. Al
fin vinieron el Ganso y el Gallo a pedir protección.
–Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.
–No, amigos míos; tenéis cada uno un par de alas que os sirven de cama y de
manta para pasar el invierno calentitos.
–Si no me dejas entrar –dijo el Ganso– arrancaré todo el musgo que tapa las
rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a hacer en tu cabaña.
¿Que no me dejas entrar? –Exclamó el Gallo–. Pues me subiré sobre la
cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre el techo.
El Toro no pudo hacer otra cosa sino dar alojamiento al Ganso y al Gallo.
Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el Gallo, cuando se hubo calentado,
empezó a cantar sus canciones. La Zorra, al oírlo cantar, se le abrió un apetito
enorme y sintió deseos de darse un banquete con carne de gallo; pero se quedó
pensando en el modo de cazarlo. Recurriendo a sus amigos, se dirigió a ver al Oso
y al Lobo, y les dijo: –Queridos amigos: he encontrado una cabaña en que hay un
excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un cordero, y para
mí, un gallo.
–Muy bien, amigo –le contestaron ambos–. No olvidaremos nunca tus
buenos servicios; llévanos pronto adonde sea para matarlos y comérnoslos.
La Zorra los condujo a la cabaña y el Oso dijo al Lobo: –Ve tú delante.
Pero éste repuso:
–No. Tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.
El Oso se dejó convencer y se dirigió hacia la entrada de la cabaña; pero
apenas había entrado en ella, el Toro embistió y lo clavó con sus cuernos a la
pared; el Cordero le dio un fuerte topetazo en el vientre que le hizo caer al suelo; el
Cerdo empezó a arrancarle el pellejo; el Ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba
defenderse, y mientras tanto, el Gallo, sentado en una viga, gritaba a grito pelado: –
¡Dejádmelo a mí! ¡Dejádmelo a mí!
El Lobo y la Zorra, al oír aquel grito guerrero, se asustaron y echaron a
correr. El Oso, con gran dificultad, se libró de sus enemigos, y alcanzando al Lobo
le contó sus desdichas: –¡Si supieras lo que me ha ocurrido! En mi vida he pasado
un susto semejante. Apenas entré en la cabaña se me echó encima una mujer con
un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran muchedumbre, que
empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los ojos; pero el más
terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y que no dejaba de
gritar: ‘¡Dejádmelo a mí!’ Si éste me llega a coger por su cuenta, seguramente que
me ahorca.
El Niño prodigioso
Érase un acreditado comerciante que vivía con su mujer y poseía grandes
riquezas. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, cosa que
deseaban ambos ardientemente, y para ello pedían a Dios todos los días que les
concediese la gracia de tener un niño que les hiciese muy dichosos, los sostuviera
en la vejez y heredase sus bienes y rezase por sus almas después de muertos.
Para agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas,
comida y albergue; además de esto, idearon construir un gran puente a través de
una laguna pantanosa próxima al pueblo, para que todas las gentes pudiesen
servirse de él y evitarles tener que dar un gran rodeo. El puente costaba mucho
dinero; pero a pesar de ello el comerciante llevó a cabo su proyecto y lo concluyó,
en su afán de hacer bien a sus semejantes.
Una vez el puente terminado, dijo a su mayordomo Fedor: –Ve a sentarte
debajo del puente, y escucha bien lo que la gente dice de mí.
Fedor se fue, se sentó debajo del puente y se puso a escuchar.
Pasaban por el puente tres virtuosos ancianos hablando entre sí, y decían: –
¿Con qué recompensaríamos al hombre que ha mandado construir este puente? Le
daremos un hijo que tenga la virtud de que todo lo que diga se cumpla y todo lo
que le pida a Dios le sea concedido.
El mayordomo, después de haber oído estas palabras, volvió a casa.
–¿Qué dice la gente, Fedor? –Le preguntó el comerciante.
–Dicen cosas muy diversas: según unos, haz hecho una obra de caridad
construyendo el puente, y según otros, lo has hecho sólo por vanagloria.
Aquel mismo año la mujer del comerciante dio a luz un hijo, al que
bautizaron y pusieron en la cuna. El mayordomo, envidioso de la felicidad ajena y
deseoso del mal de su amo, a media noche, cuando todos los de la casa dormían
profundamente, cogió un pichón, lo mató, manchó con la sangre la cama, los
brazos y la cara de la madre, y robó al niño, dándolo a criar a una mujer de un
pueblo lejano.
Por la mañana los padres se despertaron y notaron que su hijo había
desaparecido; por más que lo buscaron por todas partes no pudieron encontrarlo.
Entonces el astuto mayordomo señaló a la madre como culpable de la
desaparición.
–¡Se lo ha comido su misma madre! –Dijo–. Mira, todavía tiene los brazos y
los labios manchados de sangre.
Encolerizado el comerciante, hizo encarcelar a su mujer sin hacer caso de
sus protestas de inocencia.
Así transcurrieron algunos años, y entre tanto el niño creció y empezó a
correr y a hablar. Fedor se despidió del comerciante, se estableció en un pueblo a la
orilla del mar y se llevó al niño a su casa.
Aprovechándose del don divino del niño, le mandaba realizar todos sus
caprichos diciéndole:
–Di que quieres esto y lo otro y lo de más allá.
Y apenas el niño pronunciaba su deseo, éste se realizaba al instante.
Al fin un día le dijo: –Mira, niño, pide a Dios que aparezca aquí un nuevo
reino, que desde esta casa hasta el palacio del zar se forme sobre el mar un puente
todo de cristal de roca y que la hija del zar se case conmigo.
El niño pidió a Dios lo que Fedor le decía, y en seguida, de una orilla a otra
del mar, se extendió un maravilloso puente, todo él de cristal de roca, y apareció
una espléndida población con suntuosos palacios de mármol, innumerables iglesias
y altos castillos para el zar y su familia.
Al día siguiente, al despertarse el zar, miró por la ventana, y viendo el puente
de cristal, preguntó: –¿Quién ha construido tal maravilla?
Los cortesanos se enteraron y anunciaron al zar que había sido Fedor.
–Si Fedor es tan hábil –dijo el zar–, le daré por esposa a mi hija.
Con gran rapidez se hicieron todos los preparativos para la boda y casaron a
Fedor con la hermosa hija del zar. Una vez instalado Fedor en el palacio del zar,
empezó a maltratar al niño; lo hizo criado suyo, lo reñía y pegaba a cada paso, y
muchas veces lo dejaba sin comer.
Una noche hablaba Fedor con su mujer, que estaba ya acostada, y el niño,
escondido en un rincón obscuro, lloraba silenciosamente con desconsuelo; la hija
del zar preguntó a Fedor cuál era la causa de su don maravilloso.
–Si antes sólo eras un pobre mayordomo, ¿cómo conseguiste tantas
riquezas? ¿Cómo pudiste en una noche hacer el puente de cristal?
–Todas mis riquezas y mi poder mágico –contestó Fedor– las he obtenido
de ese niño que habrás visto siempre conmigo, y que le robé a su padre, mi antiguo
amo.
–Cuéntame cómo –dijo la hija del zar.
–Estaba yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había
prometido que tendría un hijo dotado de tal virtud que todo lo que dijera se
realizaría y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño
yo lo robó, y para que no se sospechase de mí, acusé a la madre diciendo a todos
que se había comido a su propio hijo.
El niño, después de haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo a
Fedor: –¡Bribón! ¡Por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro!
Y apenas pronunció estas palabras, Fedor se transformó en perro. El niño,
atándole al cuello una cadena de hierro, se fue con él a casa de su padre.
Una vez allí dijo al comerciante:
–¿Quieres hacerme el favor de darme unas ascuas?
–¿Para qué las necesitas?
–Porque tengo que dar de comer al perro.
–¿Qué dices, niño? –Le contestó el comerciante–. ¿Dónde has visto tú que
los perros se alimenten con brasas?
–¿Y dónde has visto tú que una madre se pueda comer a su hijo? Has de
saber que soy tu hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me
robó de tu casa y acusó falsamente a mi madre.
El comerciante quiso conocer todos los detalles, y ya seguro de la inocencia
de su mujer, hizo que la pusieran en libertad. Luego se fueron todos a vivir al
nuevo reino que había aparecido en la orilla del mar por el deseo del niño.
La hija del zar volvió a vivir en el palacio de su padre y Fedor se quedó en
miserable perro hasta su muerte.
La araña Mizguir
En tiempos remotos hubo un verano tan caluroso que la gente no sabía
dónde esconderse para librarse de los ardientes rayos del Sol, que quemaban sin
piedad. Coincidiendo con esta época de calor apareció una gran plaga de moscas y
de mosquitos, que picaban a la desgraciada gente de tal modo que de cada picadura
saltaba una gota de sangre. Pero al mismo tiempo se presentó el valiente Mizguir,
incansable tejedor, que empezó a tejer sus redes, extendiéndolas por todas partes y
por todos los caminos por donde volaban las moscas y los mosquitos.
Un día una mosca que iba volando fue cogida en las redes de Mizguir.
Éste se precipitó sobre ella y empezó a ahogarla; pero la Mosca suplicó a
Mizguir: –¡Señor Mizguir! ¡No me mates! ¡Tengo tantos hijos, que si los pobres se
quedan sin mí, como no tendrán qué comer, molestarán a la gente y a los perros!
Mizguir tuvo compasión de la Mosca y la dejó libre. Ésta echó a volar,
zumbando y anunciando a todos sus compañeros: –¡Cuidado, moscas y mosquitos!
¡Escondeos bien bajo el tronco del chopo! ¡Ha aparecido el valiente Mizguir y ha
empezado a tejer sus redes, poniéndolas por todos los caminos por donde volamos
nosotros y a todos matará!
Las moscas y los mosquitos, a todo correr, se escondieron debajo del tronco
del chopo, permaneciendo allí como muertas. Mizguir se quedó perplejo al ver que
no tenía caza; a él no le gustaba padecer hambre. ¿Qué hacer? Entonces llamó al
grillo, a la cigarra y al escarabajo, y les dijo: –Tú, Grillo, toca la corneta; tú, Cigarra,
ve batiendo el tambor, y tú, Escarabajo, vete debajo del tronco del chopo. Id
anunciando a todos que ya no vive el valiente Mizguir, el incansable tejedor; que le
pusieron cadenas, lo enviaron a Kazán, le cortaron la cabeza sobre el patíbulo y
luego fue despedazado.
El Grillo tocó la corneta, la Cigarra batió el tambor y el Escarabajo se dirigió
bajo el tronco del chopo y anunció a todos: –¿Por qué permanecéis ahí como
muertos? Ya no vive el valiente Mizguir; le pusieron cadenas, lo mandaron a
Kazán, le cortaron la cabeza en el patíbulo y luego fue despedazado.Se alegraron mucho las moscas y los mosquitos, salieron de su refugio y
echaron a volar con tal aturdimiento que no tardaron en caer en las redes del
valiente Mizguir. Éste empezó a matarlos, diciendo: –Tenéis que ser más amables y
visitarme con más frecuencia, para convidarme más a menudo, ¡porque sois
demasiado pequeños!
La Zorra, la Liebre y el Gallo
Érase una liebre y una zorra. La zorra vivía en una cabaña de hielo y la
liebre en una choza de líber. Llegó la primavera, y los rayos del Sol derritieron la
cabaña de la zorra, mientras que la de la liebre permaneció intacta. La astuta zorra
pidió albergue a la liebre, y una vez que le fue concedido echó a ésta de su casa.
La pobre liebre se puso a caminar por el campo llorando con desconsuelo, y
tropezó con unos perros.
–¡Guau, guau! ¿Por qué lloras, Liebrecita? –Le preguntaron los Perros.
La Liebre les contestó: –¡Dejadme en paz, Perritos! ¿Cómo queréis que no
llore? Tenía yo una choza de líber y la Zorra una de hielo; la suya se derritió, me
pidió albergue y luego me echó de mi propia casa.–No llores, Liebrecita –le dijeron
los Perros–; nosotros la echaremos de tu casa.
–¡Oh, no! Eso no es posible.
–¿Cómo que no? ¡Ahora verás!
Se acercaron a la choza y los Perros dijeron: –¡Guau, guau! Sal, Zorra, de esa
casa. ¡Anda!
Pero la Zorra les contestó, calentándose al lado de la estufa: –¡Si no os
marcháis en seguida, saltaré sobre vosotros y os despedazaré en un instante!Los Perros se asustaron y echaron a correr. La pobre Liebre se quedó sola,
se puso a andar llorando desconsoladamente, y se encontró con un Oso.
–¿Por qué lloras, Liebrecita? –Le preguntó el Oso.
–¡Déjame en paz, Oso! –Le contestó–. ¿Cómo quieres que no llore?
Tenía yo una choza de líber y la Zorra una cabaña de hielo; al derretirse la
suya, me pidió albergue y luego me echó de mi propia casa.
–No llores, Liebrecita –le contestó el Oso–; yo echaré a la Zorra.
–¡Oh, no! No podrás echarla. Los Perros intentaron hacerlo y no pudieron;
tampoco lo lograrás tú.
Se encaminaron hacia la choza y el Oso dijo: –¡Sal, Zorra, de la casa! ¡Anda!
Pero la Zorra contestó tranquilamente:
–¡Espera un ratito, que saldré de casa y te despedazaré en un instante!
El Oso se asustó y se marchó. Otra vez se puso a caminar la Liebre llorando,
y encontró a un Toro, que le dijo:
–¿Por qué lloras, Liebrecita?
–¡Oh, déjame en paz, Toro! ¿Cómo quieres que no llore? Tenía yo una choza
de líber y la Zorra una de hielo; después de derretirse la suya, me pidió albergue y
luego me echó a mí de mi propia casa.
¡Por qué poco lloras! Vamos allá, que yo la echaré de tu casa.–¡Oh, no, Toro!
No podrás echarla. Los Perros quisieron echarla y no pudieron; luego el Oso
intentó hacerlo y no pudo; tampoco tú lo conseguirás.
–¡Ya verás!
Se acercaron a la choza y el Toro gritó: –¡Sal de casa, Zorra!
Pero ésta le contestó, sentada al lado de la estufa:
–¡Aguarda un poquito, que saldré de casa y te despedazaré en un abrir y
cerrar de ojos!
El Toro, a pesar de su valentía, tuvo miedo y se marchó. Otra vez quedose
sola la pobre Liebre y se puso a caminar vertiendo amargas lágrimas, cuando
tropezó con un Gallo que llevaba consigo una guadaña.
–¡Quiquiriquí! ¿Por qué lloras, Liebrecita?
–¡Déjame en paz, Gallo! ¿Cómo quieres que no llore? Tenía yo una choza de
líber y la Zorra una de hielo; después de derretirse la suya, me pidió albergue y
luego me echó a mí de mi propia casa.
–¡Vámonos, que yo la echaré de allí!
–No, Gallo, no podrás echarla. Los Perros quisieron echarla y no pudieron;
el Oso quiso hacerlo y no pudo; al fin el Toro lo intentó, pero sin resultado;
tampoco tú podrás hacerlo.
–Ya verás como sí. ¡Vamos!
Se acercaron a la choza y el Gallo cantó: –¡Quiquiriquí! ¡Llevo conmigo una
guadaña y quiero despedazar a la Zorra! ¡Sal en seguida de casa! ¡Anda!
La Zorra oyó el canto y se asustó.
–Aguarda un ratito –dijo–; estoy vistiéndome.
El Gallo cantó por segunda vez.
–¡Quiquiriquí! ¡Llevo conmigo una guadaña y quiero despedazar a la Zorra!
¡Sal de la casa! ¡Anda!
La Zorra, asustándose aún más, le contestó: –Estoy ya poniéndome el
abrigo.
El Gallo cantó por tercera vez:
–¡Quiquiriquí! ¡Llevo conmigo una guadaña y quiero despedazar a la Zorra!
¡Sal de la casa! ¡Anda!
La Zorra tuvo un miedo tan grande que salió de la casa, y entonces el Gallo
la mató con la guadaña. Luego se quedó a vivir con la Liebre en su choza y ambos
pasaron la vida en paz y concordia.

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